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ARQUITECTURA: EL ARMA PODEROSA DE LAS DICTADURAS

15.01.2019

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El Valle de los Caídos es la mayor fosa común oficial que existe en el mundo. El mausoleo en el que hoy descansa y es venerado Franco, es un claro ejemplo de la megalomanía constructiva de los dictadores.

Imagen RTVE.ES 

 

El Valle de los Caídos pudo haber sido bonito. O, cuando menos, no el monumento desmesurado y grotesco que es ahora. El proyecto inicial se le encargó al arquitecto Pedro Muguruza, que no era sospechoso, precisamente, de tener desviado el sentido del gusto: es artífice del edificio del Palacio de la Prensa en la Gran Vía madrileña, de la embajada española en Berlín y, entre otras intervenciones internacionales, de numerosas residencias en California.

 

En 1949, aquejado de una enfermedad, tuvo que abandonar el proyecto, poco antes de que se iniciaran las perforaciones en la roca del Valle de Cuelgamuros. La cruz, eso sí (la más alta del mundo cristiano) fue bocetada por el propio Francisco Franco.

 

El complejo, concebido como un monumental mausoleo en el que están enterrados Francisco Franco y Primo de Rivera y, en el resto de la inmensa oquedad de la roca, más de 30.000 muertos en combate durante la Guerra Civil, es definido por muchos como «la mayor fosa común que existe hoy en día».

 

La primera etapa de Franco se caracterizó por el urbanismo megalómano

 

El Valle de los Caídos está de plena actualidad por varios motivos: algunas informaciones han sacado a la luz que, si bien genera unos ingresos en torno a los dos millones de euros anuales (lo visitan unas 500.000 personas cada año), su precario estado de conservación cuesta sobre los 750.000 euros de dinero público en cada ejercicio. Por otro lado, el Congreso acaba de aprobar la exhumación del dictador y de Primo de Rivera, un debe que el Gobierno, por el momento, ha aplazado.

 

En cualquier caso, el polémico monasterio cavado en el Valle de Cuelgamuros con mano de obra del bando perdedor republicano en condiciones que rayaban el esclavismo, vuelve a traer a la palestra la innegable relación de las dictaduras con la arquitectura, una de sus herramientas más potentes para transmitir poder y sometimiento. Franco se valió de un símbolo sacralizado: exigió que la cruz de granito midiese 150 metros de altura, y fuese visible allende el valle. Hoy sigue enclavada en el mismo lugar, como un siniestro recuerdo de una de las épocas más oscuras de la historia de nuestro país.

 

Franco, el dicotómico

 

La arquitectura del franquismo se puede resumir en dos etapas muy diferentes. La primera, de 1939 a 1950, se caracterizó por una arquitectura megalómana enfocada a transmitir el dominio sobre su pueblo de un régimen recién amarrado al poder tras una cruenta guerra civil. Se mezclaron aquí las influencias de la arquitectura nazi con la herreriana: simpleza de formas geométricas, mucha horizontalidad y siempre con estructura se tamaños imponentes, que transmitían pesadez e imponencia. De esta época data el Valle de los Caídos o el Ministerio del Aire, donde la dictadura sintetizó su poder en sus primeros compases.

 

La segunda etapa, de 1950 a 1975, se enfocó en la vivienda, y entró en juego el Movimiento Moderno, con arquitectos vanguardistas, entre los que destacó José Antonio Coderch, afín al régimen, que sorprendió por sus soluciones rompedoras para lograr el máximo espacio y luminosidad en sus edificios. Las pesadas obras graníticas del pasado fueron dejando espacio a propuestas inspiradas en otros países, con nuevos métodos constructivos que permitían jugar con las formas y materiales, y salirse de lo canónico.

 

Uno de los ejemplos que mejor definen esta etapa es el Pabellón Hexagonal, compuesto por sombrillas translúcidas y diseñado por Juan Antonio Corrales y Ramón Vázquez Molezún para la Feria Internacional de Bruselas, en 1958.

 

 

Mussolini, el rompedor 

 

El fascismo italiano recurrió a artistas de vanguardia para demostrar su poderío, entre ellos algunos pioneros del futurismo como Luigi Figini, Gino Pollini o Guido Frette. En este tipo de arquitectura, fundada a principios de siglo, se establecían materiales inopinados como el cemento armado, el hierro, el cartón y hasta la fibra textil.

 

 

El fascismo italiano recurrió a artistas de vanguardia

 

Así, durante el régimen de Mussolini los cánones constructivos tuvieron una fuerte inspiración en el racionalismo, con referentes como la Bauhaus (escuela que, por otro lado, había sido defenestrada y perseguida por Hitler). Todo este movimiento tuvo su reverso en otro paralelo, que recurría al historicismo de glorias pasadas, usando el neoclasicismo como un retorno al imperio romano. Con todo, se impuso la vanguardia; no en vano, Mussolini terminó nombrando jefe de Urbanismo al modernista Piacentini. En esta época, uno de los mayores exponentes es La Casa del Fascio, de Giuseppe Terragni, gran admirador de Le Corbussier. Con su estructura acristalada cumplía exactamente lo que exigió el dictador: «El fascismo es una casa de vidrio, dentro de la cual todos deben y pueden mirar».

 

Casa del Fascio 

Imagen Centro Vasco de Arquitectura 

 

Hitler, el todopoderoso

 

El nazismo llegó a ser el régimen más poderoso del mundo, y eso es algo que Adolf Hitler se empeñó en resaltar a través de las artes, especialmente la arquitectura. Por eso rompió de cuajo con los movimientos vanguardistas que definían la arquitectura alemana en aquel momento (con la Bauhaus como máximo exponente) y volvió a las construcciones ciclópeas, muy superiores a la escala humana y de fuerte carácter monumentalista, no ya basadas en los imperios romano, griego y germánico, sino con la clara pretensión de superar su imagen.

 

Para el dictador genocida, la cultura de la raza nazi se imponía a cualquier otra de la historia presente, y pasada.

 

Las construcciones ciclópeas fueron las protagonistas del nazismo

 

Esto se manifiesta en edificios como el Campo arena de Zeppelin, un complejo monumental en el que se celebraron multitudinarios congresos del Partido Nazi: tenía el tamaño de 12 campos de fútbol y podía albergar a las 60.000 personas que acudían a los desfiles militares. Tomaba como referencia el Altar de Pergamo, obra clásica de la escultura griega clásica.

 

Otra construcción paradigmática de la época es la Sala del Congreso, inspirada en el Coliseo Romano, un complejo en el que Hitler daba sus estremecedores discursos en el centro, sobre un enorme altar.

 

 

Stalin, el neoyorquino

 

Aunque Stalin rechazó el constructivismo surgido en Rusia en 1914, y que se hizo especialmente presente después de la Revolución de Octubre, este estilo se extendió a lo largo de los años 1930. Sin embargo, la mayoría de los edificios industriales (exceptuando algunos megaproyectos como el Canal de Moscú) así como otras grandes construcciones como el Metro de Moscú, no forman parte de la conocida como arquitectura estalinista, que se limita a los edificios públicos y residenciales urbanos.

 

Esto no quiere decir, claro está, que Stalin prescindiera del vigor arquitectónico para representar las bondades del régimen. Imponentes edificios conocidos como ‘los rascacielos de Stalin’ o ‘Las Siete Hermanas’ fueron levantados en la capital, símbolo del socialismo triunfante. Con un aire paradójicamente neoyorkino, este conjunto de torres combinan el barroco ruso y gótico con la misma tecnología utilizada en los rascacielos de las grandes ciudades de Estados Unidos.

 

Fuente ethic - Luis Meyer

 

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